Desde chico aprendí una cosa: lo que yo vivo no es mucho comparado a lo que otros están viviendo. Es desgarrador asumir lo anterior, porque al final, todo se relativiza y lo que es genuinamente importante para uno, aquello capaz de golpearte, botarte, destrozarte, desarticularte, si lo comparas con lo que otros están viviendo, es un verdadero juego de niños. Cuando fui creciendo, alguna vez escuche a alguien decir que los dolores más intensos, más profundos, más arrolladores, son aquellos que uno vive a consecuencia de los niños. Viví en carne propia esa aseveración, y demoré largos años en asumir el dolor, entenderlo, hacerlo parte de mi existencia y mi vida y comprender que los dolores son propios, no de ellos, que esos dolores existen porque algo te los gatilla y te trastornan la vida, haciéndote sentir absolutamente miserable, indigno, sin motivo alguno para vivir. Sin embargo, mis dolores son propios, y esos son los que estoy viviendo hoy y ahora, y por más que me encierre...
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