Desde chico aprendí una cosa: lo que yo vivo no es mucho comparado a lo que otros están viviendo.
Es desgarrador asumir lo anterior, porque al final, todo se relativiza y lo que es genuinamente importante para uno, aquello capaz de golpearte, botarte, destrozarte, desarticularte, si lo comparas con lo que otros están viviendo, es un verdadero juego de niños.
Cuando fui creciendo, alguna vez escuche a alguien decir que los dolores más intensos, más profundos, más arrolladores, son aquellos que uno vive a consecuencia de los niños.
Viví en carne propia esa aseveración, y demoré largos años en asumir el dolor, entenderlo, hacerlo parte de mi existencia y mi vida y comprender que los dolores son propios, no de ellos, que esos dolores existen porque algo te los gatilla y te trastornan la vida, haciéndote sentir absolutamente miserable, indigno, sin motivo alguno para vivir.
Sin embargo, mis dolores son propios, y esos son los que estoy viviendo hoy y ahora, y por más que me encierre en mi mundo, por más que me proteja del resto que sabe cómo entrar al mismo y destrozarlo (con o sin querer y con una simple frase o palabra), al final vuelve a aparecer la historia de al lado, aquella que es más escabrosa que la mía, que me hace duda de mis propios pesares y su verdadero valor, y quizás, de cuán insignificante es lo que estoy viviendo en comparación al vecino.
Por eso es que nada es mucho, y aunque suene a un juego de palabras vacías porque es imposible que la nada sea mucha porque es nada, cuando es mucha la nada, es feroz la sensación.
¿De qué va esto con el origami?
Pues bueno, que en el octavo paso parece que todo se ha transformado en un episodio más caótico que ningún otro, y todo está patas para arriba, el papel que tienes al frente solo tiene 8 pliegues y nada más, queda todo el camino cuesta arriba, aún no se ve para dónde van las cosas.
Esto es un juego, uno de paciencia y rescilencia, de caer y volver a levantarse. Vamos a por el 9º pliegue, espero.
Es desgarrador asumir lo anterior, porque al final, todo se relativiza y lo que es genuinamente importante para uno, aquello capaz de golpearte, botarte, destrozarte, desarticularte, si lo comparas con lo que otros están viviendo, es un verdadero juego de niños.
Cuando fui creciendo, alguna vez escuche a alguien decir que los dolores más intensos, más profundos, más arrolladores, son aquellos que uno vive a consecuencia de los niños.
Viví en carne propia esa aseveración, y demoré largos años en asumir el dolor, entenderlo, hacerlo parte de mi existencia y mi vida y comprender que los dolores son propios, no de ellos, que esos dolores existen porque algo te los gatilla y te trastornan la vida, haciéndote sentir absolutamente miserable, indigno, sin motivo alguno para vivir.
Sin embargo, mis dolores son propios, y esos son los que estoy viviendo hoy y ahora, y por más que me encierre en mi mundo, por más que me proteja del resto que sabe cómo entrar al mismo y destrozarlo (con o sin querer y con una simple frase o palabra), al final vuelve a aparecer la historia de al lado, aquella que es más escabrosa que la mía, que me hace duda de mis propios pesares y su verdadero valor, y quizás, de cuán insignificante es lo que estoy viviendo en comparación al vecino.
Por eso es que nada es mucho, y aunque suene a un juego de palabras vacías porque es imposible que la nada sea mucha porque es nada, cuando es mucha la nada, es feroz la sensación.
¿De qué va esto con el origami?
Pues bueno, que en el octavo paso parece que todo se ha transformado en un episodio más caótico que ningún otro, y todo está patas para arriba, el papel que tienes al frente solo tiene 8 pliegues y nada más, queda todo el camino cuesta arriba, aún no se ve para dónde van las cosas.
Esto es un juego, uno de paciencia y rescilencia, de caer y volver a levantarse. Vamos a por el 9º pliegue, espero.
Comentarios
Publicar un comentario