Ahora es el momento de empezar a armar la primera figura, no sé cuál, debo ser honesto.
Abro un libro de origami y para mi son todas estas figuritas imposibles de armar, requieren y exigen tiempo, paciencia, prueba y error, papel y más papel, tijeras, buen ojo, perseverancia.
Cuando me acosté anoche, el departamento, el barrio, la noche, era todo silencio. Si bien puse la radio por donde pasaban una sere de hits añejos y distantes, lo cierto es que ni siquiera el rumor de esos acordes era capaz de llenar el espacio que queda tras irse los niños.
Esto es como una carrera de 50 metros planos: vas y vuelves, vas y vuelves, y mientras más practicas, son peores los tiempos, pero quizás mejora la técnica. No sé, a lo mejor habría que preguntarle a un atleta para saber si estoy en lo cierto.
Pero ahí estaba el silencio, que anoche me supo desconcertante, y cada pieza, ordenada y sistemáticamente organizada, más parecía una pieza de hotel que una pieza de niños.
Y hoy en la mañana, miré para el lado y la mitad de mi cama estaba estirada, como la dejé antes de apagar la luz.
A lo mejor lo que falta ahora es eso: un ser viviente en casa, el gozo diario, el placer de la vida.
Quizás el segundo pliegue deba ser este: empezar a entender cómo hacer del departamento, un hogar, más que un lugar de orden, silencio y metódica organización.
Abro un libro de origami y para mi son todas estas figuritas imposibles de armar, requieren y exigen tiempo, paciencia, prueba y error, papel y más papel, tijeras, buen ojo, perseverancia.
Cuando me acosté anoche, el departamento, el barrio, la noche, era todo silencio. Si bien puse la radio por donde pasaban una sere de hits añejos y distantes, lo cierto es que ni siquiera el rumor de esos acordes era capaz de llenar el espacio que queda tras irse los niños.
Esto es como una carrera de 50 metros planos: vas y vuelves, vas y vuelves, y mientras más practicas, son peores los tiempos, pero quizás mejora la técnica. No sé, a lo mejor habría que preguntarle a un atleta para saber si estoy en lo cierto.
Pero ahí estaba el silencio, que anoche me supo desconcertante, y cada pieza, ordenada y sistemáticamente organizada, más parecía una pieza de hotel que una pieza de niños.
Y hoy en la mañana, miré para el lado y la mitad de mi cama estaba estirada, como la dejé antes de apagar la luz.
A lo mejor lo que falta ahora es eso: un ser viviente en casa, el gozo diario, el placer de la vida.
Quizás el segundo pliegue deba ser este: empezar a entender cómo hacer del departamento, un hogar, más que un lugar de orden, silencio y metódica organización.
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